Kamei Shuji era tan veloz que andaba
por el mundo sin siquiera tocar la superficie del suelo. Era
una especie de tren bala, un superdotado, un artista de la venta,
uno de esos japoneses que –en pleno auge del mercado de
valores, a fines de los ochenta- trabajaba trece horas por día
–incluídos los domingos- y regía su vida
bajo el lema de un moderno proverbio oriental: “Comer
rápido y defecar rápido es un arte”. Los
jefes veneraban a Shuji, decían que era mucho más
que el empleado del mes. Y, a modo de premio, le permitieron
usar su tiempo libre para enseñarles a sus propios superiores
como había que hacer para tocar el cielo bursátil
con las manos.
Pero Shuji, parece, subió demasiado: a los veintiséis
años lo mató un infarto.
Con este caso, que llegó a su fin en 1990, se empezó
a hablar en Japón de la karoshi, la muerte por exceso
de trabajo, un problema que en la isla se cobra más de
cien vidas al año, y que fue tomado por Carl Honoré
como uno de los ejemplos más contundentes de que ir más
rápido no siempre es lo mejor. Honoré es canadiense
y periodista, pero en estos tiempos es principalmente otra cosa:
con su libro Elogio de la Lentitud, se convirtió en el
gurú internacional del Movimiento Slow, una filosofía
que busca aminorar el paso de todos los Shujis de este mundo,
y que abarca no sólo el área de trabajo: en los
últimos años aparecieron ciudades lentas (slow
cities), gastronomía lenta (slow food), sistemas educativos
lentos (slow schooling), y defensores del sexo lento (slow sex).
En todos los casos, no se trata de sistemas que enarbolan utopías
preindustriales y avanzan a paso de tortuga: ser slow, dicen
los que saben, es tomarse el tiempo necesario para hacer las
cosas como es debido, e inclusive mejor que si se las hiciera
con rapidez. “Siempre hubo minorías que se manifestaban
contra el exceso de velocidad: los románticos, los hippies…
Pero esa gente quedó relegada porque la velocidad traía
más beneficios que perjuicios. En cambio, ahora todo
el mundo sufre la velocidad, y por eso creo que este movimiento
llegó para quedarse. Vamos hacia una revolución
cultural, un cambio radical en nuestra manera de usar y pensar
el tiempo”, aseguró Honoré en una entrevista
con Veintitrés (ver recuadro).
Una forma de medir el avance de este nuevo estilo de vida es
el progreso del Downshifting (desplazamiento hacia abajo): un
fenómeno que fue detectado como tendencia a finales de
los ’80, y que apunta a cambiar un estilo de vida frenético
por otro más relajado y menos consumista. Datamonitor,
una empresa londinense de investigación de mercados,
espera que el número de partidarios de ese movimiento
“slow” en Europa pase de doce millones en 2002 a
más de 16 millones en 2007.
Este no es el único movimiento “lento”. En
el mundo ya existen por lo menos cuatro asociaciones más
que luchan contra la rapidez inútil. En Japón
está el Sloth Club (tiene más de 700 miembros
que se manejan bajo el slogan “Slow is beautiful”
–la lentitud es bella); en Estados Unidos están
la organización Simplicidad Voluntaria y la Fundación
por un Largo Ahora (fue iniciada, entre otros, por el productor
musical Brian Eno, y está construyendo unos enormes relojes
que hacen tictac una vez al año); y en Austria existe
la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo, una entidad
de más de mil miembros que años atrás visitaron
al Comité Olímpico Internacional para conceder
medallas de oro a los atletas con tiempos más lentos.
La pasión futbolera nacional tiene ejemplos notables
para aportar: el líder de la Selección que disputará
el Mundial 2006 es Juan Román Riquelme, aparentemente
el más lento de todos, si sólo se miran sus desplazamientos
físicos. Pero el mas veloz en ideas y estrategias, según
confirman su ex DT Carlos Bianchi y el “filósofo”
del fútbol, Jorge Valdano. Este último, dijo:
“En un juego donde todos corren cada vez mas, Roman pone
el valor inestimable de la pausa, el freno, que rediseña
un ataque y lo hace mejor de lo que era”. Y algo parecido
señaló sobre la nueva estrella juvenil de Boca
Juniors, Fernando Gago, otro que se distingue “en el histérico
fútbol nacional”.
La Sociedad austríaca tiene un estilo de proselitismo
bastante excéntrico: existen “desaceleradores”
que tienden regularmente “trampas de velocidad”
en las ciudades europeas. Por medio de un cronómetro,
calculan el tiempo que los peatones dedican a sus gestiones
cotidianas. Cuando sorprenden a una persona que recorre cincuenta
metros en menos de 37 segundos, la abordan y le piden una explicación
por tanta prisa. " Si no
hay motivo a la vista, el castigo consiste en recorrer los mismos
cincuenta metros tirando de una tortuga marioneta a lo largo
de la vereda. En Buenos Aires probablemente los molerían
a golpes. Pero en Europa, muchas “víctimas”
vuelven más tarde y piden que les dejen pasear la tortuga
por segunda vez. Lo encuentran relajante.
Comida lenta. ¿La filosofía Slow es el nuevo pasatiempo
de los países ricos? Ellos dicen que no. “Este
no es un movimiento de clase alta, sino transversal –explica
Santiago Abarca, director de Slow Food Argentina, la filial
local del movimiento que aboga por una alimentación más
lenta-. Nuestro propósito no es solamente luchar contra
las cadenas de hamburguesas. En paralelo, tenemos todo un trabajo
en comedores comunitarios: queremos mostrar que existe una alternativa
a determinado tipo de comida chatarra que se le da a la gente
sin recursos”.
Slow Food Argentina nació hace una década, pero
tomó forma de organización a partir de 2002. Tiene
casi cuatrocientos socios y cuenta con seis grupos en el interior.
Entre otras actividades, hacen “talleres del gusto”
en escuelas (intentando educar el paladar de los chicos) y trabajan
por la preservación de ciertos productos regionales que
están en vías de extinción. Gracias a la
organización, se consiguieron subsidios internacionales
para la producción de maíz andino en Catamarca,
papas de Cauqueva en Humahuaca (ahora se está vendiendo
a 40 euros el kilo en Italia, un dinero que va íntegramente
a Jujuy), y yacón (un tubérculo dulce que utilizaban
los Incas en su alimentación).
La eclosión de este movimiento gastronómico se
dio en Italia en 1986, cuando McDonald’s inauguró
un local al lado de la famosa escalinata de la Plaza España.
Para muchos eso fue demasiado, y Carlo Petrini -autor de libros
de cocina- lanzó entonces Slow Food, una filosofía
que defiende todo aquello que McDonald’s aborrece: productos
de temporada, frescos y locales, agricultura sostenible, cena
lenta con familia y amigos, y una idea de ecogastronomía.
Slow Food –cuyo símbolo es un caracol- tiene más
de 80 mil miembros en más de 50 países europeos,
y en 2001 fue mencionado por el New York Times como “una
de las 80 ideas que sacudieron al mundo”. Petrini suele
citar a Oscar Wilde para justificar la existencia del movimiento:
“Después de una buena cena uno puede perdonar a
cualquiera, incluso a sus parientes”.
En realidad, uno puede perdonar a sus parientes sólo
si no está pensando en ellos. Para eso también
ayuda el movimiento Slow, que promueve un sistema de pensamiento
“lento” que encuentra buena parte de su acogida
en la meditación trascendental. Hoy, más de cinco
millones de personas en todo el mundo la practican, y eso sin
tener en cuenta los avances del yoga y del tejido, considerado
también como “el nuevo yoga”. Según
el libro de Carl Honoré, hay estudios que demuestran
que la danza rítmica y repetitiva de las agujas puede
reducir el ritmo de los latidos y la tensión arterial,
y sosiega a la persona hasta el extremo de que las hace entrar
en un estado apacible y casi meditativo. Desde 1998, más
de 4 millones de estadounidenses de menos de 35 años,
en su mayoría mujeres, adquirió esta afición
(en nuestro país también se consiguen: Pamela
David y Florencia de la V aseguran relajarse tejiendo, y la
demanda de lana creció en un 100% con respecto a las
cifras de 2002).
Una mano más lenta. El sexo también está
cambiando de ritmo. Un estudio hecho en 1994 reveló que
el estadounidense medio dedica sólo media hora semanal
a hacer el amor, y un relevo alemán hecho el año
pasado por la revista Men’s Car destaca que el 86% de
los hombres prefiere ponerle la mano a una Ferrari (síntesis
de la velocidad) antes que a Pamela Anderson. Frente a tanto
acelere nació el movimiento Slow Sex (sexo lento), que
busca sacar a Sting del ridículo: él, que dijo
que podía estar un día entero haciendo el amor
con su mujer, no estaría tan equivocado. Es cada vez
más la gente que suscribe a la tántrica idea de
que en la cama no hay que tener prisa. “Hace diez años,
nuestro sitio web recibía mil visitas mensuales, hoy
recibe cuarenta mil –explica Oscar Rodolfo Gómez,
director de la Escuela Argentina de Tantra- Según una
investigación estadounidense, los empleados con problemas
conyugales pierden por término medio 15 días de
trabajo al año y cuestan a las empresas casi 7 mil millones
de dólares anuales en concepto de productividad perdida.
" La solución del movimiento slow, al que nosotros
suscribimos, es pasar menos tiempo trabajando y más dedicados
a hacer el amor con dedicación”.

El movimiento Slow Sex nació en 2002 y, una vez más,
tuvo su eclosión en Italia. Es allí, también,
donde se encuentra la principal Ciudad Slow del mundo (hay 34
más). Se trata de Bra, un poblado parecido al dulce pueblito
de Truman Show: en el centro histórico se cerraron algunas
calles al tráfico y se prohibieron las cadenas de supermercados
y los letreros de neón. Además, el salón
de billar bajó el volumen de su música, y la municipalidad
subvenciona a los edificios que usan la pintura color miel y los
tejados rojos característicos de la región. Y en
las cafeterías de los hospitales y las escuelas se sirven
platos tradicionales a base de frutas y verduras orgánicas.
Gracias a estas modificaciones se está cambiando la orientación
demográfica: desencantados de la grasa de las capitales,
muchos jóvenes están regresando a sus pagos en busca
de un ritmo de vida más tranquilo.
Aún sin usar el nombre “slow”, ya hay varios
países que tomaron medidas tendientes a bajarle el decibel
a la vida urbana: una reciente directiva de la Unión Europea
obliga a todas las grandes ciudades a bajar los niveles de ruido
pasadas las 7 de la tarde. Y en Estados Unidos, millares de ciudadanos
firmaron una promesa de “ir más despacio con el coche”.
“La velocidad ya no es sinónimo
de productividad: muchas veces, aminorar el paso puede llevarte
a ser más eficiente”, explica Julio
Aguirre, ex director financiero de Techint, Somisa y el BID,
y dueño y director de la primera escuela de Yoga
para Empresas. Sin saberlo, Aguirre forma parte de
uno de los principales pilares de la filosofía Slow: el
Trabajo Lento, un movimiento que asegura que trabajar demasiado
duro es malo para el ser humano y para la economía. Con
esta base, las empresas están cambiando de paradigma: son
cada vez más las compañías que ofrecen a
sus empleados clases de yoga y masajes descontracturantes. Según
datos publicados el año pasado por el New York Times, en
Estados Unidos el 20% de las empresas está implementando
este tipo de propuestas, y se invierten 11.500 millones de dólares
anuales en manejo de prácticas del estrés, principalmente
yoga. Las razones son claras: el National Safety Council de Estados
Unidos calcula que el estrés laboral es la causa de que,
a diario, un millón de estadounidenses no acudan al trabajo,
lo cual tiene un coste para la economía de 150 mil millones
de dólares por año.
“Conozco las presiones de las organizaciones en las que
estuve, y sé que en la medida que uno está con el
cuerpo y la mente relajados puede sobrellevar las tensiones con
más eficiencia –explica Aguirre, que ofrece sus servicios
semanales a multinacionales como Procter & Gamble, Walmart
y la mutual de Pirelli-. Las empresas están tomando conciencia
de eso. ¿Cuánto cuesta que te falte un empleado
en un área crítica como finanzas o ventas? Mucho
más que una clase de yoga”.
“Las empresas están buscando dar cierto alivio para
su gente, pero no porque sean naturalmente buenas: saben que un
empleado aliviado de tensiones rinde mejor”, confirma Soledad
Barrenechea, kinesióloga y dueña de Daily Break,
una empresa que ofrece masajes a domicilio para empresas como
Citibank, Intel, Telefónica, Volvo y Microglobal.
La necesidad de desacelerar en el trabajo –principal fuente
de estrés- es mundial:
Según un estudio reciente de la Universidad de Warwick
y el Dartmouth College, el 70% de las personas encuestadas en
27 países expresó su deseo de un mejor equilibrio
entre el trabajo y la vida privada.
A fines de los ’90 Francia dio un paso audaz: redujo la
semana laboral a 35 horas y no a 40. Francia está entre
los países más productivos de Europa.
Un estudio reciente descubrió que el 66% de los ingleses
preferiría trabajar menos horas a ganar la lotería.
Un estudio similar en EEUU reveló que, dada la posibilidad
de elegir entre dos semanas de vacaciones y dos de paga extra,
el 66% prefería las vacaciones.
Y en Japón, la patria de Shuji, hay empresas que instalaron
salas de esparcimiento. En la oficina de Oracle, el gigante del
software en Tokio, el personal tiene acceso a una sala de meditación
insonorizada, con suelo de madera bordeado de guijarros suaves
y objetos de arte orientales. La iluminación es suave,
el aire huele a incienso, y se escucha el sonido de un arroyo
que corre.
Es lo único que corre.
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[ Edición 384, 16 de Noviembre del 2005 ]
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