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Nota de la revista “Veintitres ” – 16 de Noviembre de 2005 - Josefina Licitra

La Estrategia del Caracol
La Revolución Cultural de la Filosofía Slow: Ciudades, Trabajo, Educación, Comida y Sexo.
Es un movimiento que cada vez tiene más adeptos, también en la Argentina. En qué consiste. Las recetas de Carl Honoré, el gurú de la desaceleración.

Kamei Shuji era tan veloz que andaba por el mundo sin siquiera tocar la superficie del suelo. Era una especie de tren bala, un superdotado, un artista de la venta, uno de esos japoneses que –en pleno auge del mercado de valores, a fines de los ochenta- trabajaba trece horas por día –incluídos los domingos- y regía su vida bajo el lema de un moderno proverbio oriental: “Comer rápido y defecar rápido es un arte”. Los jefes veneraban a Shuji, decían que era mucho más que el empleado del mes. Y, a modo de premio, le permitieron usar su tiempo libre para enseñarles a sus propios superiores como había que hacer para tocar el cielo bursátil con las manos.
Pero Shuji, parece, subió demasiado: a los veintiséis años lo mató un infarto.
Con este caso, que llegó a su fin en 1990, se empezó a hablar en Japón de la karoshi, la muerte por exceso de trabajo, un problema que en la isla se cobra más de cien vidas al año, y que fue tomado por Carl Honoré como uno de los ejemplos más contundentes de que ir más rápido no siempre es lo mejor. Honoré es canadiense y periodista, pero en estos tiempos es principalmente otra cosa: con su libro Elogio de la Lentitud, se convirtió en el gurú internacional del Movimiento Slow, una filosofía que busca aminorar el paso de todos los Shujis de este mundo, y que abarca no sólo el área de trabajo: en los últimos años aparecieron ciudades lentas (slow cities), gastronomía lenta (slow food), sistemas educativos lentos (slow schooling), y defensores del sexo lento (slow sex). En todos los casos, no se trata de sistemas que enarbolan utopías preindustriales y avanzan a paso de tortuga: ser slow, dicen los que saben, es tomarse el tiempo necesario para hacer las cosas como es debido, e inclusive mejor que si se las hiciera con rapidez. “Siempre hubo minorías que se manifestaban contra el exceso de velocidad: los románticos, los hippies… Pero esa gente quedó relegada porque la velocidad traía más beneficios que perjuicios. En cambio, ahora todo el mundo sufre la velocidad, y por eso creo que este movimiento llegó para quedarse. Vamos hacia una revolución cultural, un cambio radical en nuestra manera de usar y pensar el tiempo”, aseguró Honoré en una entrevista con Veintitrés (ver recuadro).
Una forma de medir el avance de este nuevo estilo de vida es el progreso del Downshifting (desplazamiento hacia abajo): un fenómeno que fue detectado como tendencia a finales de los ’80, y que apunta a cambiar un estilo de vida frenético por otro más relajado y menos consumista. Datamonitor, una empresa londinense de investigación de mercados, espera que el número de partidarios de ese movimiento “slow” en Europa pase de doce millones en 2002 a más de 16 millones en 2007.
Este no es el único movimiento “lento”. En el mundo ya existen por lo menos cuatro asociaciones más que luchan contra la rapidez inútil. En Japón está el Sloth Club (tiene más de 700 miembros que se manejan bajo el slogan “Slow is beautiful” –la lentitud es bella); en Estados Unidos están la organización Simplicidad Voluntaria y la Fundación por un Largo Ahora (fue iniciada, entre otros, por el productor musical Brian Eno, y está construyendo unos enormes relojes que hacen tictac una vez al año); y en Austria existe la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo, una entidad de más de mil miembros que años atrás visitaron al Comité Olímpico Internacional para conceder medallas de oro a los atletas con tiempos más lentos. La pasión futbolera nacional tiene ejemplos notables para aportar: el líder de la Selección que disputará el Mundial 2006 es Juan Román Riquelme, aparentemente el más lento de todos, si sólo se miran sus desplazamientos físicos. Pero el mas veloz en ideas y estrategias, según confirman su ex DT Carlos Bianchi y el “filósofo” del fútbol, Jorge Valdano. Este último, dijo: “En un juego donde todos corren cada vez mas, Roman pone el valor inestimable de la pausa, el freno, que rediseña un ataque y lo hace mejor de lo que era”. Y algo parecido señaló sobre la nueva estrella juvenil de Boca Juniors, Fernando Gago, otro que se distingue “en el histérico fútbol nacional”.
La Sociedad austríaca tiene un estilo de proselitismo bastante excéntrico: existen “desaceleradores” que tienden regularmente “trampas de velocidad” en las ciudades europeas. Por medio de un cronómetro, calculan el tiempo que los peatones dedican a sus gestiones cotidianas. Cuando sorprenden a una persona que recorre cincuenta metros en menos de 37 segundos, la abordan y le piden una explicación
por tanta prisa. " Si no hay motivo a la vista, el castigo consiste en recorrer los mismos cincuenta metros tirando de una tortuga marioneta a lo largo de la vereda. En Buenos Aires probablemente los molerían a golpes. Pero en Europa, muchas “víctimas” vuelven más tarde y piden que les dejen pasear la tortuga por segunda vez. Lo encuentran relajante.
Comida lenta. ¿La filosofía Slow es el nuevo pasatiempo de los países ricos? Ellos dicen que no. “Este no es un movimiento de clase alta, sino transversal –explica Santiago Abarca, director de Slow Food Argentina, la filial local del movimiento que aboga por una alimentación más lenta-. Nuestro propósito no es solamente luchar contra las cadenas de hamburguesas. En paralelo, tenemos todo un trabajo en comedores comunitarios: queremos mostrar que existe una alternativa a determinado tipo de comida chatarra que se le da a la gente sin recursos”.
Slow Food Argentina nació hace una década, pero tomó forma de organización a partir de 2002. Tiene casi cuatrocientos socios y cuenta con seis grupos en el interior. Entre otras actividades, hacen “talleres del gusto” en escuelas (intentando educar el paladar de los chicos) y trabajan por la preservación de ciertos productos regionales que están en vías de extinción. Gracias a la organización, se consiguieron subsidios internacionales para la producción de maíz andino en Catamarca, papas de Cauqueva en Humahuaca (ahora se está vendiendo a 40 euros el kilo en Italia, un dinero que va íntegramente a Jujuy), y yacón (un tubérculo dulce que utilizaban los Incas en su alimentación).
La eclosión de este movimiento gastronómico se dio en Italia en 1986, cuando McDonald’s inauguró un local al lado de la famosa escalinata de la Plaza España. Para muchos eso fue demasiado, y Carlo Petrini -autor de libros de cocina- lanzó entonces Slow Food, una filosofía que defiende todo aquello que McDonald’s aborrece: productos de temporada, frescos y locales, agricultura sostenible, cena lenta con familia y amigos, y una idea de ecogastronomía. Slow Food –cuyo símbolo es un caracol- tiene más de 80 mil miembros en más de 50 países europeos, y en 2001 fue mencionado por el New York Times como “una de las 80 ideas que sacudieron al mundo”. Petrini suele citar a Oscar Wilde para justificar la existencia del movimiento: “Después de una buena cena uno puede perdonar a cualquiera, incluso a sus parientes”.
En realidad, uno puede perdonar a sus parientes sólo si no está pensando en ellos. Para eso también ayuda el movimiento Slow, que promueve un sistema de pensamiento “lento” que encuentra buena parte de su acogida en la meditación trascendental. Hoy, más de cinco millones de personas en todo el mundo la practican, y eso sin tener en cuenta los avances del yoga y del tejido, considerado también como “el nuevo yoga”. Según el libro de Carl Honoré, hay estudios que demuestran que la danza rítmica y repetitiva de las agujas puede reducir el ritmo de los latidos y la tensión arterial, y sosiega a la persona hasta el extremo de que las hace entrar en un estado apacible y casi meditativo. Desde 1998, más de 4 millones de estadounidenses de menos de 35 años, en su mayoría mujeres, adquirió esta afición (en nuestro país también se consiguen: Pamela David y Florencia de la V aseguran relajarse tejiendo, y la demanda de lana creció en un 100% con respecto a las cifras de 2002).
Una mano más lenta. El sexo también está cambiando de ritmo. Un estudio hecho en 1994 reveló que el estadounidense medio dedica sólo media hora semanal a hacer el amor, y un relevo alemán hecho el año pasado por la revista Men’s Car destaca que el 86% de los hombres prefiere ponerle la mano a una Ferrari (síntesis de la velocidad) antes que a Pamela Anderson. Frente a tanto acelere nació el movimiento Slow Sex (sexo lento), que busca sacar a Sting del ridículo: él, que dijo que podía estar un día entero haciendo el amor con su mujer, no estaría tan equivocado. Es cada vez más la gente que suscribe a la tántrica idea de que en la cama no hay que tener prisa. “Hace diez años, nuestro sitio web recibía mil visitas mensuales, hoy recibe cuarenta mil –explica Oscar Rodolfo Gómez, director de la Escuela Argentina de Tantra- Según una investigación estadounidense, los empleados con problemas conyugales pierden por término medio 15 días de trabajo al año y cuestan a las empresas casi 7 mil millones de dólares anuales en concepto de productividad perdida. " La solución del movimiento slow, al que nosotros suscribimos, es pasar menos tiempo trabajando y más dedicados a hacer el amor con dedicación”.


El movimiento Slow Sex nació en 2002 y, una vez más, tuvo su eclosión en Italia. Es allí, también, donde se encuentra la principal Ciudad Slow del mundo (hay 34 más). Se trata de Bra, un poblado parecido al dulce pueblito de Truman Show: en el centro histórico se cerraron algunas calles al tráfico y se prohibieron las cadenas de supermercados y los letreros de neón. Además, el salón de billar bajó el volumen de su música, y la municipalidad subvenciona a los edificios que usan la pintura color miel y los tejados rojos característicos de la región. Y en las cafeterías de los hospitales y las escuelas se sirven platos tradicionales a base de frutas y verduras orgánicas. Gracias a estas modificaciones se está cambiando la orientación demográfica: desencantados de la grasa de las capitales, muchos jóvenes están regresando a sus pagos en busca de un ritmo de vida más tranquilo.
Aún sin usar el nombre “slow”, ya hay varios países que tomaron medidas tendientes a bajarle el decibel a la vida urbana: una reciente directiva de la Unión Europea obliga a todas las grandes ciudades a bajar los niveles de ruido pasadas las 7 de la tarde. Y en Estados Unidos, millares de ciudadanos firmaron una promesa de “ir más despacio con el coche”.
“La velocidad ya no es sinónimo de productividad: muchas veces, aminorar el paso puede llevarte a ser más eficiente”, explica Julio Aguirre, ex director financiero de Techint, Somisa y el BID, y dueño y director de la primera escuela de Yoga para Empresas. Sin saberlo, Aguirre forma parte de uno de los principales pilares de la filosofía Slow: el Trabajo Lento, un movimiento que asegura que trabajar demasiado duro es malo para el ser humano y para la economía. Con esta base, las empresas están cambiando de paradigma: son cada vez más las compañías que ofrecen a sus empleados clases de yoga y masajes descontracturantes. Según datos publicados el año pasado por el New York Times, en Estados Unidos el 20% de las empresas está implementando este tipo de propuestas, y se invierten 11.500 millones de dólares anuales en manejo de prácticas del estrés, principalmente yoga. Las razones son claras: el National Safety Council de Estados Unidos calcula que el estrés laboral es la causa de que, a diario, un millón de estadounidenses no acudan al trabajo, lo cual tiene un coste para la economía de 150 mil millones de dólares por año.
“Conozco las presiones de las organizaciones en las que estuve, y sé que en la medida que uno está con el cuerpo y la mente relajados puede sobrellevar las tensiones con más eficiencia –explica Aguirre, que ofrece sus servicios semanales a multinacionales como Procter & Gamble, Walmart y la mutual de Pirelli-. Las empresas están tomando conciencia de eso. ¿Cuánto cuesta que te falte un empleado en un área crítica como finanzas o ventas? Mucho más que una clase de yoga”.
“Las empresas están buscando dar cierto alivio para su gente, pero no porque sean naturalmente buenas: saben que un empleado aliviado de tensiones rinde mejor”, confirma Soledad Barrenechea, kinesióloga y dueña de Daily Break, una empresa que ofrece masajes a domicilio para empresas como Citibank, Intel, Telefónica, Volvo y Microglobal.
La necesidad de desacelerar en el trabajo –principal fuente de estrés- es mundial:
Según un estudio reciente de la Universidad de Warwick y el Dartmouth College, el 70% de las personas encuestadas en 27 países expresó su deseo de un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida privada.
A fines de los ’90 Francia dio un paso audaz: redujo la semana laboral a 35 horas y no a 40. Francia está entre los países más productivos de Europa.
Un estudio reciente descubrió que el 66% de los ingleses preferiría trabajar menos horas a ganar la lotería. Un estudio similar en EEUU reveló que, dada la posibilidad de elegir entre dos semanas de vacaciones y dos de paga extra, el 66% prefería las vacaciones.
Y en Japón, la patria de Shuji, hay empresas que instalaron salas de esparcimiento. En la oficina de Oracle, el gigante del software en Tokio, el personal tiene acceso a una sala de meditación insonorizada, con suelo de madera bordeado de guijarros suaves y objetos de arte orientales. La iluminación es suave, el aire huele a incienso, y se escucha el sonido de un arroyo que corre.
Es lo único que corre.
Ver nota completa en www.Veintitres.com [ Edición 384, 16 de Noviembre del 2005 ]

 

 

 



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